Fritz Lang Fury Spencer Tracy

Fury. Fritz Lang y la condición humana

El cine de Lang nos ofrece la oportunidad de caer en niveles profundos de consciencia. Es un cine que busca tanto el entretenimiento como la reflexión más profunda, por lo general de carácter social. La seguridad de la sociedad y de sus individuos más vulnerables preocupa a Lang. Y, por ende, el abuso de ‘monstruos’ hacia las personas.

Fritz Lang – 1936.
Guion:
Bartlett Cormack, Fritz Lang (Historia: Norman Krasna)
Música: Franz Waxman
Fotografía: Joseph Ruttenberg


En Fury, Lang da la vuelta a sus planteamientos habituales, y convierte a la sociedad en el monstruo que acosa y destruye al individuo.

Sobre esta premisa analizaremos sucintamente algunos aspectos de un film que por lo demás se inspiró en un linchamiento reale sucedido en California dos años antes de su rodaje.


Lang y su Falso Culpable

Silvia Sidney

Podríamos decir que este es un film sobre ‘falso culpable’ aunque la mirada de Lang apunta en una dirección distinta a la acostumbrada. Lo acostumbrado es que como espectadores suframos junto al protagonista la angustia de ser acusado y/o condenado injustamente a lo largo del difícil camino que será su afán por que la verdad y la justicia salgan a la luz y quede absuelto de culpa.

En Fury, por supuesto, nos angustia la situación de Joe Wilson –Spencer Tracy– , un buen chico americano –como todo chico americano standard, algo rudo pero noble-, aunque la parte enternecedora recaerá sobre Katherine Grant –Sylvia Sidney– mientras que el interés de Lang es evidenciar las peligrosas consecuencias de una masa descontrolada, y el denunciar como la manipulación, los  intereses y los errores facilitan o generan que la población se convierta en una horda.

Con todo, lo peor es la mirada descarnada del director sobre las actitudes despreciables –individuales- de personas que darán pie a la formación de la barahúnda. La vileza de los chismosos, de los haraganes de bar, de periodistas deshonestos, de ricachos ociosos y de policías mediocres y vanidosos: un cuadro de Bruegel el Viejo de esperpentos muy peligrosos. En este sentido, la mirada de Lang se corresponde con la mirada sin piedad de aquello en lo que se convertirá Wilson.

Constitución

Diálogos con densidad física: Para ilustrar la crudeza del asunto y poner de manifiesto la dimensión social y política que envuelve a la víctima, encontramos un antecedente del pensamiento de la masa, hay quién diría del ciudadano gañán, en el siguiente diálogo de la barbería:

–No se puede dictar una ley que niega el derecho a decir lo que se piensa, al menos el tiempos de paz–
–¿Quién lo ha dicho? –
–La Constitución de los Estados Unidos–
–Eso no puede decirlo la Constitución–

Este diálogo, muy actual, nos lleva a reflexionar sobre cosas como ¿Hasta qué punto conocemos cómo funciona una democracia? ¿Hasta dónde adaptamos o interpretamos la Ley a conveniencia?

Tras lo cual, un apacible barbero explica como muchas veces le ha sobrevenido el instinto de rebanarle el gaznate a más de un cliente mientras le afeitaba. Un acercamiento más tanto al fenómeno inconsciente como, sobre todo, una aproximación al elemento esencial de una masa homicida: todo individuo puede albergar instintos letales reprimidos ¿Qué sucederá cuando el anonimato de la masa permita eliminar esa represión?

Joe Wilson

¿Hasta dónde se puede llevar a una persona antes de que estalle y se convierta en algo que no era?

A partir de la transformación su motivación puede ser la venganza, aunque el motor de ésta es el hecho de que las convicciones sociales de Wilson se han derrumbado: ha perdido su confianza en la Ley y en la Justicia, pero sobre todo ha perdido al fe hacia la Humanidad hasta devenir en odio, y es aquí cuando se transforma en un monstruo.

Podemos entenderlo como una metáfora avant la lettre hacia asesinos de masas que están por llegar. El mensaje es claro: si la sociedad actúa injustamente, creará monstruos que luego diezmarán a esa misma sociedad.

Se apunta de una manera descriptiva al deseo sexual entre los novios en tres ocasiones: la ensoñación frente al escaparate del dormitorio de matrimonio y la broma sobre la alfombra que separa las camas, la inserción del plano del tren penetrando en la niebla que sucede al beso de Joe y Katherine y ,finalmente, la curiosidad picarona de Joe al sacar del maletín de Katherine una pieza de ropa interior o negligée. El detener la mirada sobre este aspecto no sólo refuerza la descripción de situación de los personajes, jóvenes y con deseos de caer el uno en brazos de otro: principalmente, esta natural tensión sexual, prepara algo más allá:

Instintos

El deseo sexual es un impulso, una tensión, un instinto, algo que en sociedad, controlamos e incluso en ocasiones debemos dominar –no hacerlo traería muchos problemas, y en casos extremos graves problemas-.

La detención de Joe interrumpe la natural evolución de este impulso y los posteriores sucesos propician la transformación o sustitución de esa fuerza instintiva por otro impulso, pero este es agresivo, despiadado, vengativo: la furia. Ambivalentemente, ‘furia’ se refiere también al impulso que empuja a los linchadores a actuar como tales. Todos actúan irracionalmente, por instinto de defensa, de venganza o de miedo.

¿Cómo regular estos instintos en sociedad? Evidentemente con la Ley. Pero es necesario que la Ley, además de estar dictaminada, sea justa. ¿Cuándo deja la Ley de ser justa?: Cuando legisladores, jueces y autoridades no lo son. En Fury, para desencadenar el conflicto se apunta a un fallo no legislativo o judicial, sino a un mal funcionamiento de la autoridad, en este caso de la policía y por encima de ésta de los políticos responsables (el Gobernador del Estado).

Autoridad

El conflicto arranca a causa de un deficiente arbitraje por parte de quién detenta la autoridad. El personaje interpretado por Walter Brennan, ayudante del Sheriff, por pura vanidad revela información confidencial que prende la mecha del linchamiento. Por su parte, el Gobernador no envía a Strand, el pueblo donde sucede la acción, a la Guardia Nacional por motivos electorales, con lo que habría evitado el linchamiento, ya que antepone sus intereses personales a los de la Comunidad.

Posteriormente, durante el juicio, el Sheriff (Edward Ellis) –que hasta ese momento ha sido más o menos correcto en cuanto a la imparcialidad de la Ley – miente al no querer identificar a sus paisanos. El compadreo lleva a la prevaricación, a la injusticia.

Ley

Reflexión cercana: El juez, juzga. Es el Fiscal quién instruye y acusa. Al contrario de lo que sucede en España, donde el juez es instructor y puede investigar –con lo que viene a ser parte-. En la mayoría de países es el Fiscal el que ejerce este papel.

Como vemos, un film con más de 80 años puede aún hacer que reflexionemos acerca de lo qué sabemos de nuestro modelo social y sobre qué conocemos de nuestro sistema jurídico.

M

Peter Lorre es ‘M’

Hay paralelismos claros con M, el vampiro de Düsseldorf: el recurso a los espejos de los escaparates como autoreflexión moral o penetración en el subconsciente (tras observar un escaparate, con el efecto hipnótico del cristal, Wilson se siente perseguido por fantasmas). La culpa emerge del inconsciente- tras haber tenido la alucinación/aparición en el cristal de los rostros de los que serán condenados-.

En contraposición, al inicio del film, Joe y Katherine observan otro escaparate donde se exhibe un dormitorio de matrimonio y comparten el ensueño de una futura vida juntos. Un mismo elemento se transforma: lo que antes evocaba vida, sexualidad, futuro, ahora sirve para que aparezcan pesadillas.

Para finalizar, el elemento impactante

Abundando en la mirada poco confiada sobre la gente en general:

Durante el linchamiento, no contento con ver la prisión y al reo arder, uno de los linchadores exclama –Tengo una idea– y saca de su chaqueta unos cartuchos de dinamita que, entusiasmado, comparte con alguien a su lado y lanzan, haciendo estallar la prisión, por si fuera poco.

Si es que es de lo más normal, uno siempre lleva un par de cartuchos de dinamita encima por si se topa con un linchamiento en el que participar. La condición humana.

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