The Borderlands

The Borderlands

Un equipo de investigadores del Vaticano es enviado a una inhóspita zona de Devon, en el extremo oeste de Inglaterra, para indagar supuestos fenómenos paranormales en una iglesia local. A medida que las averiguaciones avanzan, las certidumbres se diluyen y las dudas se acrecientan en las mentes de los componentes del equipo.

Un planteamiento interesante. Con un bajo presupuesto se consigue una historia intrigante y de tono formalmente realista, sin salir nunca del género. Sin embargo, ¿el resultado es plenamente satisfactorio? Posiblemente, no. Lo cierto es que se revela mejor la semilla sembrada en nuestra mente por la idea inicial de Goldner que la ejecución del film en sí mismo.

Título original The Borderlands
Reino Unido 2013
Dirección Elliot Goldner
Guión Elliot Goldner
Fotografía Eben Bolter

Lo de menos, cómo encontrar un found footage

The Borderlands es una de esas películas que suelen ser despreciadas por ‘ser más de lo mismo’, por ‘una más de foundfootage’. Bien, pudiera ser que fuese una más.

Sin embargo se trata de una buena película por cuanto, al menos en principio tiene dos aspectos magníficos en su haber: causa inquietud sin utilizar artificios, ni digitales ni pirotécnicos, consiguiéndolo únicamente mediante trabajo actoral y encuadre; y logra generar el interés suficiente en una audiencia menos expectante que no se conforma con una pasiva estimulación de emociones y que gusta de más desafío. Desafío limitado, eso sí.

Y, una vez más, aunque la verosimilitud con el mundo real en nada debería afectar a una narración bien construida en su propio mundo ficticio, uno se hace dos preguntas al final del film: Uno: ¿Cómo, y en que condiciones de salubridad, se encontraron las grabaciones?. Dos: ¿Porqué se siguen elaborando trailers efectistas -como el que sigue abajo- para promocionar una película que no es espectacular en absoluto? Sí, la taquilla lo devora todo, claro.

Borderland. Donde termina nuestro universo

El film se inscribe dentro del género de terror, o de horror, en el sentido del viaje a lo impensable, o más bien, impensado, donde nos preparamos para nieblas sobrenaturales sin ser conscientes de nuestro desconocimiento de naturalezas muy sólidas.

No es que la película revele ninguna verdad trascendente o particularmente impresionante. Es un cuento de terror bastante simple y bien trazado. Pero su forma, su manufactura, transmite aquello que H.P. Lovecraft describía como ‘Lo innombrable’. Algo peor que lo ominoso, una certeza oculta e inaprensible de que las cosas son increíblemente más feas de lo que estamos dispuestos a aceptar. Aquí la gracia de la película: preferimos creer en cosas inverosímiles y fuera de toda lógica –la misma fe en un Dios que nunca se ha manifestado, podrían decir algunos– antes que afrontar realidades menos sobrenaturales y por lo tanto menos poéticas y dotadas de una mística que nos relevan de ser algo importante. Dios es el ente supremo, y nosotros como sus criaturas, por muy pecadoras que seamos, al serlo tenemos nuestra importancia y nuestro destino (aunque sea modesto) en la Creación; un destino distinto al de los animales inferiores a los que el Ser Supremo puso en la Tierra para nuestro sustento. Y así en la Bíblia, en Levítico 11, el Señor se dirige a Moisés y Aaron para instruirles acerca de los animales que pueden comer (y por lo tanto, matar para devorarlos).

Contra nuestro mundo. Contra nuestra vida

“La vida es dolorosa y decepcionante”. Así abre Michel Houllebecq la primera parte de su ensayo H.P.Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida (Siruela. Madrid – 2006). Esta afirmación es perfectamente aplicable a los personajes de The Borderlands, los cuales, al igual que los personajes del mundo real (¿?) afrontan estas condiciones con su propia fórmula vital.

En la construcción de los cuatro personajes principales (prácticamente los únicos del film a excepción del Padre Calvino (Patrick Godfrey) encontramos un trabajo basado por completo en su actitud hacia la desesperanza y la inevitabilidad de la derrota objetiva. Directamente al grano. La película trata la relatividad de la categoría del ser humano en su dimensión existencial y en sus diferentes escalas o cadenas: emocionales, mentales, evolutivas, tróficas.

La mención a Lovecraft no es casual. El autor de Providence consideraba las religiones como “ilusiones edulcoradas” y en The Borderlands se nos muestra gracias al derrumbe existencial del Padre Crellik lo insoportablemente decepcionante que resulta la vaporización de una firme convicción.

En su ensayo sobre la literatura de horror, publicado por primera vez en 1927, Lovecraft expone:  “El cuento verdaderamente preternatural tiene algo más que los usuales asesinatos secretos, huesos ensangrentadoso figuras amortajadas y cargadas de chirriantes cadenas. Debe contener cierta atmósfera de intenso e inexplicable pavor a fuerzas exteriores y desconocidas, y el asomo expresado con una seriedad y una sensación de presagio que van convirtiendo en el motivo principal de una idea terrible para el cerebro humano: la de una suspensión o transgresión maligna y particular de esas leyes fijas de la Naturaleza que son nuestra única salvaguarda frente a los ataques del caos y de los demonios de los espacios insondables”. (H.P.Lovecraft El horror en la Literatura – Alianza Editorial. Madrid, 1984).

Unos parámetros observables y aplicados al pie de la letra en The Borderlands. La finalidad del film es asomarse al abismo de ese horror preternatural que describe Lovecraft y caer en su oscuridad para ser devorado por ella.

La West Ogwell Church. Iglesia erigida en el siglo XIII en Ogwell, Inglaterra, localización del film The Borderlands
West Ogwell Church – Guy Wareham https://www.geograph.org.uk/profile/19336

Somos arquetipos, somos krispies

En tales circunstancias narrativas, los personajes afrontan la situación del film a la manera tal cual son: arquetípicamente. Su composición de carácter prescinde de cualquier dimensión o evolución psicológica en tanto que estas facetas no obedezcan a este viaje hacia lo terrible, a igual uso de los personajes lovecraftianos.

Deacon (Gordon Kennedy): el combatiente que pelea para un sistema en el que no cree, que acierta en todo excepto en lo importante, obstinado, agresivo, devoto de su Fe pero desconfiado ante Dios. Un cruzado próximo a la herejía.

Gray (Robin Hill): el técnico cínico y sobrado, el agnóstico espabilado en lo suyo, pero poca cosa más, faltón siempre que se encuentra a resguardo. Un tipo que se cobija en su mundo de realidad conveniente, puesto que de nada más sabe. Alguien inteligente que podría haber hecho más, pero, ¿para qué hacerlo?.

Mark (Aidan McArdle) El metódico intransigente. Su refugio es el endeble decorado mental de ideas, ciencia y formación adquiridas que le lleva a querer someter a los demás en un intento de ocultar su miedo.

Y finalmente el Padre Crellik (Luke Neal) Un hombre sensible. Demasiado humano. Aquél que antes entiende lo monstruosamente decepcionante que puede ser lo que creemos realidad.

Todos son seres solitarios, perdidos, al igual que el quinto personaje, el Padre Calvino que tan solo aparecerá para confirmar lo fútil incluso de la experiencia y el conocimiento humanos.

O, simplemente, todos ellos, todos nosotros, somos hijos y víctimas de una edad primitiva, especímenes primarios en un albor de lo que será la Humanidad. De una edad circunscrita en infinitas edades –en ciclos y eones eternos– en los que incluso la muerte puede morir. Pero, ¿quién sabe?: también con el tiempo los humanos pueden llegar a dominar a algunos dioses tal como los fremen de Frank Herbert en Arrakis.

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